Hola P. Estoy viendo a dos personas al mismo tiempo, y no sé como sentirme al respecto. Quiero continuar así y no tengo deseos de dejar de ver a ninguna de las dos. ¿Qué hago para medio callar la poca culpa que tengo?
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Querida persona,
Primero que nada quisiera reconocer tu talento, pues salir con dos personas –asumiendo que no saben que la otra existe, porque si fuera así no existieran los sentimientos de culpa– requiere una impresionante capacidad malabarística. Kudos.
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*Esta es la última columna que escribiré para Nueva Prensa, porque pronto dejaré de ser estudiante del Tec. Aunque algunas cosas están dirigidas a mis compañeros, la mayor parte de los puntos pueden ser útiles para todos mis súper atractivos lectores. Y, por supuesto, seguirán publicándose en este blog. Read on.
Después de casi tres años de que esta columna apareciera por primera vez en esta revista* como parte de mi segundo regalo de cumpleaños desde su fundación, esta es la última publicación que haré en ella. Ante mi (fingers crossed) inminente graduación, decidí que esta última pieza la dedicaré a todo lo que he aprendido desde que era una pretenciosa y wide-eyed ni-siquiera-veinteañera. Drumroll, please.
1. Las cejas son importantes, pero son una de las partes más descuidadas de la cara. No cometas este error y cuídalas. Si no tienen la forma correcta serán todo lo que el potencial amor de tu vida pueda ver, e ignorará el resto de tus adorables facciones.
2. Cuando te gradúes no vas a recordar tus calificaciones ni cuántas noches sin dormir pasaste, pero sí con quién las pasaste y qué hiciste durante las clases a las que decidiste no ir. Haber pasado tres días estudiando no tuvo ningún efecto sobre qué tanto recuerdo el contenido de esas materias, pero me acuerdo de los chistes y de reír hasta que me doliera la panza con las personas que siguen siendo mis mejores amigos. ¿El PIB de Holanda? Not so much.
3. El amor viene con rasgos incomprensibles para el resto del mundo. Tal vez tú jamás le dirías “gotita de oro” a tu pareja o de verdad, de verdad, no entiendes qué es lo irresistible de esa carita que tu amiga insiste que veas a su novio hacer. Tal vez no entiendes qué es lo gracioso de esa vez que un pato los atacó en el camino a su cita romántica en La Carreta. Eso no hace su amor menos real, y ninguna relación puede juzgarse desde fuera.
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Ayer pasé la tarde en los campos deportivos del Tec. Si me conocen saben que es poco probable que lo haya hecho por mí misma –soy mucho más el tipo de persona que hace yoga y corre en el parque–, y así es. La verdad es que El Dude estaba participando en el torneo de futbol rápido de su carrera y yo pasé la tarde en los campos deportivos. Como lo he hecho dos o tres veces a la semana desde que lo conocí y los torneos intramuros existen.
No suelo expresar un entusiasmo excesivo al ser espectadora de uno de estos eventos. Probablemente algún día seré una terrible madre, o quizá el ver a mis hasta ahora hipotéticos retoños correr tras un balón me haga atravesar una metamorfosis temperamental en la que de repente seré tan escandalosa como las mujeres que apoyaban al otro equipo. Por ahora me siento con el bloqueador, la botella de agua y, ocasionalmente, mi celular a apoyar a El Dude, sea un juego de lo que sea. Porque el hombre juega muchas cosas.
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La primera vez que quise casarme con alguien tenía 10 años y mis ilusiones se desvanecieron cuando mi mamá se negó a llevarme al Estadio Azteca al casting para coprotagonizar con el susodicho la popular telenovela supuestamente infantil “Amigos x siempre”. Desde entonces, Belinda vive la vida que –estaba convencida– debió ser mía y he pensado en el matrimonio de manera alarmantemente constante.
No creo haber pasado más de una semana sin pensar en ello, aunque no fuera necesariamente en mi hasta ahora hipotético matrimonio. Y la razón es muy sencilla, porque las bodas están en la tele, en las revistas, en las redes sociales, en los panorámicos, en la voz de mi madre, abuela y tía abuela y en la vida, clara señal de que he llegado a los veintitrés años.
Para algunas personas esta es un edad perfectamente razonable para hacer un compromiso legal con su pareja… y con la sociedad. Amarse y respetarse en la salud y en las enfermedades glamorosas (torceduras de tobillo) y no tan glamorosas (las posibilidades son infinitas), se ha proyectado durante siglos como un necesario paso para completar la transición a la edad adulta: si me caso es porque soy responsable, porque soy maduro y estoy listo para encarar las dificultades que podrían aproximarse, además del obligado rito de dar nietos a mis padres. El único problema es que tengo veintitrés años y no me veo dentro de ese molde. No hoy y no nunca. ¿Quiere eso decir que he vivido engañada desde los diez años? ¿Será que si no era Martin Ricca no era nadie? ¿Acaso no estoy hecha para casarme?
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Querida P: Necesito un consejo de moda, una de mis amigas de la prepa se casa y no se que ponerme, mi presupuesto es limitado y no se que comprar exactamente la boda es en un lugar abierto y
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Querida persona,
Me identifico con tu problema, pero como la respuesta puede ser muy amplia dependiendo de varios factores, envía un correo a ask@prettyguilty.com para que te haga preguntas de regreso y te pueda contestar algo personalizado =). De cualquier manera seguramente haré un post sobre esto en www.prettyaporter.com pronto, gracias a ti.
Espero tu correo.
Un beso,
P.
@TIpoPauYAsi
Querida P.,
Tengo un ex novio que frecuento mucho porque tenemos amigos en común. Él tiene novia (que vive fuera), pero últimamente insiste en que salgamos solos (como amigos) y me habla seguido por whatsapp o facebook. En un principio pensé que podría querer algo físico pero han habido oportunidades y no ha intentado nada.Cuando salimos en grupo, sin embargo, no me presta mucha atención. Qué demonios pasa por su cabeza?
Atte. La que no entiende a los hombres.
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Querida mujer que no entiende a los hombres,
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No he tenido tiempo de pensar en relaciones desde hace varias semanas. Ni en la mía ni en la de nadie, y mis únicos acercamientos a un análisis han surgido de conversaciones casuales a horas alarmantes en casas llenas de gente, o a través de telecomunicaciones obstaculizadas por lo que, estoy convencida, no puede ser diagnosticado como otra cosa que obesidad en mis dedos.
Por el momento estoy semi-sentada en mi cama comiendo galletas correctamente calificadas por su empaque como soft and chewy –pelo recogido por una pinza y el vestido de casa más cómodo que tengo–, placer que no había tenido, tampoco, hace semanas. Porque hace semanas fui absorbida por esa vorágine de improductividad que solamente puede ser causada por la rutina y la presión. Y la carencia de galletas, también.
El asunto no es ese, por supuesto. A ustedes les interesa mi consumo de galletas tanto como a mí me interesa recorrer el clóset de Elba Esther Gordillo para asaltarlo, así que vayamos al punto. En las últimas semanas no he pensado en relaciones. Ni siquiera en la mía.
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Hola Pau, una pregunta un tanto rara, pero… pregunta al fin.. ¿Qué tan mal o que tan bien es visto que una chica de 23 años salga con alguien de 31 años?, menciono además que yo estuve bajo su mando de una manera rara, aunque ya no lo estoy por haber cambiado de area, el es mi tipo de chico, de hecho le admiro, compartimos la misma pasion por lo que hacemos, pero a el le preocupa un poco el hecho de que sea mas joven que el. ¿Qué piensas sobre eso?
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Querida jovencísima (porque si lo eres tú, lo soy yo),
Tengo varias observaciones sobre tu pregunta. La primera de ellas es que no debería preocuparte qué tan mal o bien es visto, sino los matices de tu situación particular, que nadie conoce completamente y, por eso, nadie puede juzgar.
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Llevo meses viendo a un chavo, ambos tenemos problemas con el compromiso, y acordamos desde un principio que no seria nada serio, en ese momento eramos la bandita del otro, pero ahora las muestras de afecto son publicas, salimos a comer, cenar, cine, de compras, etc… Y creo que mas allá de un crush o un fuckbuddy estamos iniciando un tipo de relación, o que me preocupa es que creo que me estoy involucrando sentimentalmente y no se que hacer, ni si es reciproco.
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La semana pasada el consumo de calorías per cápita alcanzó su punto más alto del año, específicamente el jueves, día en que los supermercados finalmente pudieron vender esas cajas de chocolates que sobraron del año pasado y que el viernes liquidaron con descuentos sorprendentes. Cúpido, como buen personaje festivo, volvió a su cuna gigante cama con pretiles hogar, se cambió el enorme pañal y volvió a hacer de las suyas en Match.com.
Todos los demás probablemente no se olvidaron de la fecha de una manera tan sencilla. Algunos lloraron un break-up, otros se arrepintieron de haber consumido los ya mencionados chocolates, otros se despertaron más enamorados y varios repitieron en numerosas ocasiones que el amor no existe. ¿El único denominador común? Todos pensaron que San Valentín es una fecha comercial, prefabricada y que no tiene que ser celebrada*. O por lo menos eso nos gusta decir.
¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien admitir, con genuina emoción, que le encanta que decoren los pasos a desnivel con corazones? ¿O que alguien dijo que el día de San Valentín es importante y siempre espera celebrarlo con su pareja? O, porque el día en cuestión es solamente un ejemplo, ¿cuándo fue la última vez que una persona se refirió, frente a ti, a su actual pareja como el amor de su vida sin que alguien se riera, burlara o sintiera pena y la clasificara –aunque fuera mentalmente– de inmadura y destinada a un irremediable corazón roto? Cupido se fue de vacaciones y todos dejamos de creer en él.
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